Como no sentía entusiasmo por aquella madama, no me costó gran trabajo retenerme y no hacer enormes tonterías. A pesar de esto, tuve que pasar por muchas humillaciones y bajezas, adular a su marido y fingir gran admiración por Francia. Estas admiraciones fingidas me avergonzaban y me hicieron creerme un miserable.
Si yo fingí frialdad y egoísmo con ella, ella no tuvo necesidad de fingirlo, porque lo sentía espontáneamente. Su amor, si aquello podía llamarse amor, estaba condicionado por sus amistades, sus compromisos, y hasta sus digestiones. Todo esto me parecía desagradable y ridículo, y me humillaba y me ofendía.
El deseo de conseguir todo de las gentes de los países que se llaman civilizados me parecía, y me sigue pareciendo, muy antipático. Da una mezquindad, un cuadriculado a la vida completamente odioso.
Madama Laussat iba a las citas con este espíritu ansioso y glotón. Era completamente práctica y positiva. Si en una de nuestras citas le hubiera estropeado un lazo, no me lo hubiera perdonado nunca.
Consideraba madama Laussat que el mundo entero le debía una cantidad de satisfacciones y de placeres suficientes que tenía que cobrar.
Me instó a que le hiciera un regalo; pero como no tenía dinero, ni voluntad, le hice un regalo pequeño...
Actualmente veo que en los países del centro de Europa se habla con un entusiasmo lírico de la vida sexual: hay profesores serios que cantan el amor físico con una mezcla de lirismo y de pedantería, como algo misterioso y sublime, y lo que para nosotros, los españoles, sobre todo los españoles viejos, es puro cerdismo, para ellos es algo intelectual y maravilloso.
Madama Laussat tenía también una idea ansiosa del placer. Era una idea de avaro. No comprendía que sólo el sacrificar algo da perspectivas nobles a la vida.
Ella no quería sacrificar nada, y este espíritu tan mezquino me llegó a hacer a aquella mujer perfectamente antipática. No era sólo su espíritu el que me rechazaba, sino su manera de comer y de beber, de hablar y de sonreír.