Madama Laussat fué varias veces a la tienda de la Falcón y me citó en su casa.

Realmente, yo no sentía entusiasmo por ella, ni ella tampoco por mí; pero ella tenía casi siempre un amante y, durante un par de meses, ese amante fuí yo.

Uno de los medios de seducción de aquella dama era la risa; tenía unos dientes muy hermosos y una boca muy fresca.

Era una mujer sana, fuerte, con la nariz gruesa y respingona, y cierta tendencia a la gordura.

Doña Paca Falcón, siempre muy lista, me dijo:

—Estos amores con madama Laussat le avisparán a usted.

—¿Usted cree?

—¡Ah! Es una lagarta muy viva.

Uno de los contertulios de la librería de Mocochain, un cura viejo, el abate Faurel, hablando de madama Laussat, me decía:

—La cara de madama Laussat es una de esas caras que tienen atractivo con la juventud y con la frescura de los pocos años, pero que se convierten en máscaras grotescas con la vejez, sobre todo si la mujer se empeña en luchar con afeites contra los estragos de la edad.