X.
MADAMA DE LAUSSAT
Cuando venga septiembre—me había dicho doña Paca Falcón—le presentaré a algunas señoras distinguidas de aquí.
Efectivamente, en la misma tienda me presentó a las señoras de Laussat y de Saint-Allais, que eran personas ricas y de distinción.
Mi amigo Tartas, el elegante, me habló de madama Laussat, a quien él había hecho la corte.
Madama Laussat había tenido amantes y seguía teniéndolos, siempre con una gran discreción y sin dar el menor escándalo. Era muy amable con todo el mundo, y desarmaba con su amabilidad al que tuviera intenciones agresivas para ella.
El marido de madama Laussat era un comerciante rico, y, como estaba enfermo, dejaba a su mujer que hiciera la vida que quisiera.
Probablemente sabía que tenía amantes, pero, aun así, miraba a su mujer como a una amiga y, al mismo tiempo, como una colaboradora. Ella, para él, era un motivo de lujo y de ornamentación, como una hermosa finca, y quería lucirla y demostrar con su esplendidez que era rico y poderoso.
Madama de Laussat era una rubia de unos treinta a treinta y cinco años, de cara ancha y un poco juanetuda, de ojos claros y labios gruesos y rojos.
Creo que, espontáneamente, yo no me hubiera fijado en ella, ni ella en mí; pero con esa tendencia a la tercería que hay en Francia, nos empujaron al uno hacia el otro.