Más o menos claramente, había tenido la sospecha de que la titulada duquesa era una mujer lasciva que se valía de su secretario para tener hombres jóvenes.
Luego se dijo que detrás de la duquesa y del abate vino a Bayona un viejo de Nápoles, a quien el abate le había llevado un hijo que no se sabía dónde estaba. Tampoco pude comprobar esto. Lo que sí resultó verdad fué que, en Niza, el abate se hacía llamar Lazaretti, y ella, la princesa de Campo Chiaro.
También averiguamos que, a una señora vieja del hotel, el abate había prometido regenerarla y convertirla en un jovencito la primera luna del año siguiente. La señora estaba desconsolada porque el abate se había marchado, dejándola preocupada, y pensando, sin duda, en la transformación que iba a haber en sus instintos para que le empezaran a gustar las mujeres más que los hombres. Con este motivo se habló de Cagliostro, del conde de San Germán, de los elixires, de los vampiros y de los brucolacos.
Yo no creí gran cosa que Girovanna fuera un bandido. Más bien pensaba que era un hombre fantástico y raro y amigo de asombrar con sus conocimientos y sus ideas; pero aun así me producía cierto espanto.
Delfina se rió mucho comentando los peligros a que me hubiera expuesto si llego a aceptar la plaza de secretario de la Catalfano.
—Lo que me choca es que creyera usted que le iban a hacer un ofrecimiento tan espléndido por nada. Algo le tenían que pedir.
—Sí; es verdad.
—En parte es usted muy modesto, y, en parte, muy orgulloso.
A veces, en sueños, recordaba a la duquesa y al abate con sus ojos hundidos y su aire de polichinela, y muchas veces imaginé que entre los dos me metían en una campana de cristal y me dejaban exangüe y blanco como un papel.