Mucho de mi malhumor se convirtió en autocrítica.
—Qué bruto soy—pensaba muchas veces—. ¡Qué farsantería hay dentro de mí! ¡Me emborracho de petulancia y de deseo de ser interesante!
Entre los demás y yo mismo me habían laminado. Aviraneta, doña Paca Falcón, madama Laussat, Delfina, la madre de Corito, me habían alargado y estrechado y puesto en el lecho de Procusto. Iba perdiendo toda espontaneidad y toda alegría.
Hablando de esto, Delfina me decía:
—Se va usted haciendo hombre, y antes era usted un niño.
La verdad, no agradecía el cambio.