Delfina no aceptaba mis puntos de vista generales. Hablábamos, por ejemplo, de las mujeres españolas, y las reprochaba que andaban con pasos menudos y con mucho melindre.
—Sí—decía yo—; las españolas son más pequeñas de estatura que las francesas; tienen que dar los pasos más cortos si le gusta a usted que una mujer tenga el paso largo, le gustará la manera de andar de una inglesa.
—¡Ah, no! La inglesa anda como un granadero.
En todo, Delfina, era lo mismo. Ella tenía que dar la norma: estaba en el fiel de la balanza.
DESCONTENTO
Iba estando nervioso y poco satisfecho en Bayona. Pasaba el tiempo y no hacía nada; los planes de Aviraneta no tenían el menor éxito; la casa de comisión no marchaba bien, cosa natural, porque no ofrecía condiciones de vida. En el primer negocio que quise intervenir tropecé con la mala voluntad del cónsul Gamboa; llegamos a reñir, y yo le dije algunas cosas duras.
Hubiera vuelto a España con mucho gusto, ¿pero adónde? El ir de dependiente de comercio me parecía horrible; volver a mi casa de Vera, estando mi padrastro, no lo hubiera podido soportar.
Hice un viaje a San Juan de Luz, a visitar a la madre de Corito, y esta señora me acogió muy fríamente. A mí me fué también bastante antipática mi futura suegra; me pareció muy orgullosa y muy entonada.
Volví a Bayona pensando que la suerte me volvía la espalda. Estaba desesperado, desilusionado. No tenía tampoco un amigo a quien contar mis penas.