Colaboraba conmigo un judío, Gomes Salcedo, hombre más listo que el hambre. Claro que esta listeza en un judío no es cosa rara, y menos siendo de la familia de Leví, como Gomes Salcedo, porque los Leví descienden del rey David, o del rey Salomón, o de no sé qué otro ilustre granuja bíblico. Gomes Salcedo, con su aire de cabra triste, era un águila. Se había arruinado dos o tres veces, y hecho rico otras tantas. Afortunadamente para mí, sus intereses y los míos no eran contrarios; si no, yo hubiese andado muy mal.

Gomes Salcedo arrancaba el dinero a Lasala y a Collado con una energía terrible, y se imponía al cónsul Gamboa, que era el representante y el asociado de los dos comerciantes de San Sebastián, luego ingresados en la aristocracia española. No se podía saber de todos estos negociantes quién era el más judío.

Gomes Salcedo tenía como ayudante para los negocios sucios a un tal Cazalet, bohemio, que se pasaba la vida en los cafés, jugando al billar, fumando y bebiendo.

Cazalet había hecho de todo: el espionaje, el chantage, la compra de correspondencias secretas entre carlistas y liberales, etc., etc. Si no había envenenado a nadie, lo confesaba él mismo, era porque no tenía valor y le temía al Código y a los gendarmes.

Cazalet era un hombre listo, inteligente, con un conocimiento instintivo de los hombres, pero su ciencia del mundo no podía utilizarla, desacreditado como estaba y hundido en todos los vicios.

Cazalet, con sus melenas, y su pipa, y su corbata flotante, venía con frecuencia a mi oficina y contaba una porción de historias, a cual más escandalosas, de los unos y de los otros, con su habitual cinismo. Oyendo a aquel bohemio se veía la parte baja de negocios y de chanchullos que había en el comercio de Bayona y en la guerra de España, a pesar de que carlistas y liberales se batían por puro fanatismo.

TORPEZA

El acontecimiento inesperado de que hablo al principio comenzó por unas palabras mías imprudentes.

Había ido una noche a la tertulia de la librería de Mocochain, donde estaban los contertulios de siempre y un señor viejo a quien no conocía.