—Muy bien.
—¿No tienes ninguna objeción que hacer contra Bayona?
—Ninguna. No he estado allí, pero no tengo ningún motivo de antipatía contra esa ciudad famosa por sus capones y sus chalecos.
Habíamos salido Aviraneta y yo de Laguardia, pasado por Miranda de Ebro, y de Miranda de Ebro alcanzado en silla de posta Santander. El tiempo estaba muy caliente, el cielo muy azul y el mar tranquilo.
—¿Tú conoces San Sebastián?—me preguntó Aviraneta.
—Sí; he vivido allí más de un año.
—Vas a estar en San Sebastián una semana.
—¿Usted también?
—No; yo pasaré allí esta noche solamente. Mañana por la mañana iré a Bayona.
—Y yo, ¿qué tengo que hacer en San Sebastián?