I.
DE SANTANDER A BAYONA
Un día de verano de mucho calor íbamos Aviraneta y yo en un barco de Santander a San Sebastián. El barco era el bergantín la Gaviota, y tenía unas trescientas toneladas. Marchaba suavemente, con un viento fresco que hinchaba todo su velamen.
Aviraneta dormía envuelto en una manta, tendido en un banco de la toldilla de popa, y yo me paseaba de un lado a otro mirando la costa con un anteojo del capitán.
Al pasar por delante del cabo de Machichaco, Aviraneta se levantó, miró su reloj y me llamó con la mano.
Yo me acerqué a él.
—Tenemos que hablar—me dijo.
—Es lo que yo estaba pensando.
—La misión que te voy a encargar, amigo Pello, va a ser una misión difícil y que exigirá mucho tacto.
—Haré lo posible por tenerlo.
—Por el momento vas a establecerte en Bayona.