—¿Usted cree...?—me preguntó el inglés con indiferencia—. Yo, al menos, no lo he notado.
EN LA SALA DE ESGRIMA
Después de este desafío, del que había salido bastante bien librado, decidí aprender la esgrima, hacer gimnasia y practicar otros ejercicios de lucha, como el boxeo, etc.
Stratford era muy enemigo de tales deportes; decía que estos ejercicios no producían mas que una gran brutalidad y una gran petulancia. Según él, Inglaterra llegaría a ser un país completamente estúpido a fuerza del abuso de los deportes.
A pesar de su opinión, como yo pensaba seguir una vida de lucha, fuí a la sala de armas que regentaba un militar retirado, el profesor Bratiano, que había estado en Argelia, en la Legión extranjera.
Según el maestro, yo tenía serenidad, buena vista, brazos y piernas fuertes, pero me faltaba la prontitud en el ataque.
—Con un hombre nervioso, al principio podrá usted verse en peligro, pero si logra usted sujetar un poco al adversario, al último lo dominará usted.
Además de la esgrima y del boxeo aprendí a montar a caballo.