—¿Se ha dicho algo en el pueblo del desafío?—les pregunté a mis amigos.

—Sí—me contestó Stratford—; se habla mucho de usted.

—Se añade—repuso Gassion—que quiere usted traer aquí las costumbres brutales de España.

—Ven ustedes—salté yo—. Es la eterna injusticia. ¡Decirme eso a mí, que no me he batido nunca hasta ahora!

—Eso, qué importa. El caso es que usted está a la moda—replicó Gassion.

Cuando me curé fuí a ver a Delfina, que me recibió muy cariñosamente. Me llamó muchas veces su querido amigo, y me preguntó con interés cómo iba. Luego dijo:

—¡Qué estúpida bestia ese hombre que insulta a una mujer, por que sí!

Delfina encontró que la insolencia y la ordinariez del oficial que se había batido conmigo procedía de su cuna. Era hijo de un tabernero.

Mientras hablaba con Delfina llegó mi amigo Stratford; charlamos largo rato delante de la chimenea, al lado del fuego; poco después vino el comandante D'Aubignac, y, ya de noche, nos fuimos a casa.

Me pareció notar que la insensibilidad de Delfina se conmovía un poco en presencia de Stratford, y se lo dije a éste.