HERIDO
Convinieron los testigos el duelo a primera sangre y a espada.
Fuimos con nuestros padrinos y dos médicos, uno de ellos, el doctor Lacroix, a una finca del camino de Biarritz. Mis dos testigos eran el teniente Gassion y un joven inglés, Stratford Grain, a quien conocía de casa de doña Paca Falcón. Todo se hizo con una gravedad y una ceremonia solemnes. Se escogió el terreno, se midieron las espadas, con un cambio de cortesías y de sonrisas. Yo creía que estaba leyendo algún párrafo de Chateaubriand. ¡Pharamond! ¡Pharamond, nous avons combattu avec l'épée! También pensaba que estábamos en la batalla de Fontenay, cuando ingleses y franceses se invitaban a tirar los primeros. Nos quitamos las levitas mi enemigo y yo, y nos pusieron a los dos adversarios tan lejos, que a mí me pareció imposible que nos pudiéramos herir.
—Allez, messieurs!—dijo el director de la escena. En el primer asalto mi contrincante me hizo un rasguño en el antebrazo derecho que me dolió. Mis testigos dijeron que bastaba; pero yo protesté. El pinchazo me produjo tal cólera, que ardí en deseos de venganza. Los testigos debatieron el asunto y decidieron que podía seguir la lucha.
—Laissez aller!—dijo el juez de campo.
Yo avancé dispuesto a herir a mi adversario de cualquier manera, creyendo que esto era cosa fácil, y entonces él me dió una estocada en el hombro. Quise seguir adelante, cegado por la cólera, pero los testigos nos metieron los bastones entre nuestras espadas y se dió por terminado el acto. Hubo nuevo cambio de ceremonias y de sonrisas, y mi adversario y sus testigos desaparecieron.
—Ha quedado usted muy bien. Ha hecho usted retroceder varias veces al contrario—me dijo Gassion.
—Sí; pero él, mientrastanto, me ha pinchado.
Volvimos en coche a Bayona y tuve que estar más de una semana en la cama. El doctor Lacroix me cuidó. Este hombre, al parecer brusco, en la intimidad era un buen hombre y hasta un sentimental, y me atendió con afecto.
Mis dos testigos, Gassion y Stratford, vinieron todos los días a verme. Estuvieron también Tartas, el profesor Teinturier y el abate D'Arzacq. Delfina me escribió una carta muy cariñosa y muy amable. Stratford la visitó y me trajo noticias de ella.