—Yo no soy su amante. La señora D'Aubignac es una señora amiga mía, y nada más.

—Sigue la diplomacia—saltó insolentemente el oficial—. Yo supongo que madama D'Aubignac, a quien no tengo el honor de conocer, se irá con el que le haga algunos regalitos.

—¿Usted la conoce?

—No.

—¿Entonces por qué habla usted así de ella? Me parece estúpido el denigrar a una mujer a quien no se conoce, por que s.

El me replicó de una manera desdeñosa y altiva, asegurando que mi opinión sobre él le tenía sin cuidado; yo insistí afirmando con violencia que lo que decía era una estupidez y una indignidad. Nos insultamos, y él me provocó a un duelo. Le dije al teniente Gassion que arreglara el asunto de manera que no se supiera la causa.

—Bueno; ya lo arreglaré. ¡La verdad es que él tiene la culpa de todo; pero usted también le ha contestado de una manera tan desdeñosa y tan agria! ¿Es usted un buen tirador de armas?

—Yo, no. No he cogido un arma en mi vida.

—¡Qué locura! Entonces le va a herir como quiera. Yo se lo pienso advertir: si le hiere a usted gravemente, lo mato.

Esto no era un gran consuelo para mí. El oficial que se iba a batir conmigo se llamaba Martín, y, al parecer, su antipatía por madama D'Aubignac provenía de no haber sido invitado por ella a ir a su casa.