—¡Adiós, señor Leguía!—me dijo—. Siéntese usted; no vaya usted tan deprisa. Ayer le echamos a usted de menos en casa de madama D'Aubignac.

—Son ustedes muy amables. Ando estos días un poco atareado.

—Siéntese usted y tome algo. Pues, sí; madama D'Aubignac me preguntó varias veces por usted; si no le habíamos visto, etcétera. Le tiene a usted mucho afecto.

—Sí; es una señora muy buena.

El teniente Gassion siguió hablando de Delfina de una manera tan indiscreta, que me puso frenético.

—Gassion—le dijo uno de los oficiales—, está usted molestando a su amigo, que tiene que emplear toda su diplomacia con usted.

—Yo, ¿por qué?

—Como se dice que es usted un buen amigo de madama D'Aubignac.

—¡Bah! ¡Se dicen tantas tonterías!—exclamé con acritud.

—De todas maneras, aunque sea usted su amante, no será usted el primero.