Quince días después estaba de visita en casa de Delfina, hablando delante de la chimenea, cuando ella repitió mis palabras de la librería. Al principio no supe qué replicar, tan turbado me hallaba; luego, levantándome nervioso, la dije:
—Aunque esto no sea la verdad estricta, sino adornada, no creo que tenga más valor que una estúpida indiscreción mía y una indiscreción, aún mayor, del que ha venido a usted con el cuento.
—Ha podido usted perjudicar a mi marido.
—Lo reconozco, lo comprendo. He obrado neciamente, ya lo sé, y para castigarme como merezco, no volveré más a su casa.
El pedir perdón no venía a cuento; así que me marché al hotel consternado, pensando unas veces no ir ya a ninguna parte y otras proponiéndome no hablar de nada.
II.
DESAFIO
Hubiera deseado que la cosa no tuviera más derivaciones, pero las tuvo.
Unos días después, al pasar por delante del café de la plaza del teatro para ir al Consulado de España, me llamó el teniente Gassion, que estaba con otros dos oficiales.