—Dice, como todos, que es un tonto presuntuoso.
—Y de Delfina, ¿qué opina usted?—me preguntó el viejo.
—Es una mujer muy sabia, muy perfilada, muy compuesta.
—¿A usted no le entusiasma?
—No; estas mujeres tan bachilleras no me encantan.
—¿Y se le conoce algún amante?
—No; yo creo que no le quiere gran cosa a su marido; pero su virtud consiste en que no tiene, por ahora, nadie que le guste de verdad.
Charlamos de otra cosa, y al salir yo de la librería pensé que había hecho una torpeza al hablar de Delfina y de su marido como había hablado, y más a una persona desconocida.
La primera vez que fuí a casa de madama D'Aubignac tuve un momento la sospecha de que alguien habría contado lo dicho por mí en la librería; pero se me pasó este susto.