—¿Quién había de pensar—me decía una vez—que la Nueva Eloísa, Pablo y Virginia, Atala y el Genio del Cristianismo y los Poemas de Lord Byron estarían ya tan olvidados? Es la vida, la naturalidad, lo que perdura. El Asno de Oro, de Apuleyo; el Satiricón, de Petronio, o el Lazarillo de Tormes, aunque no son mas que juguetes, vivirán más que todas esas obras aparatosas de literatura recalentada.
Cierto—pensaba yo—; hay una clase de romanticismo que muere, pero hay otro que vive, como el de Goethe, Dickens, el de Balzac, el de Carlyle, y que vivirán siempre.
Varias veces supuse que Stratford escribía; pero por más insinuaciones que le hice respecto a esto, no me dijo nada. En algunas cosas era de una extrema reserva.
Stratford tenía un vivo deseo de ir a Londres y de escuchar a los grandes parlamentarios ingleses. Sobre todo, Disraeli le producía una gran curiosidad.
Su madre no quería dejarle marchar hasta que no estuviera completamente fuerte; pues le consideraba todavía como un niño, y como un niño débil.
Estuve una vez con Stratford en su casa de Cambo, y tanto él como su madre me convencieron de que debía estudiar el inglés.
Había en Bayona una señorita vieja, miss Rose, a quien los Stratford conocían por miss Rose, la flaca, porque, sin duda, había habido otra del mismo apellido a quien llamaban miss Rose, la gorda. Fuí a casa de miss Rose, la flaca, y comencé con ella a dar lecciones de inglés.