Mi profesora de inglés me dió, como libro para traducir, las cartas de lord Chesterfield a su hijo: Lord Chesterfield's Letters.

Me pareció que este libro debía ser muy aburrido, lleno de lugares comunes, y no tuve ninguna gana de avanzar en su lectura.

Luego encontré la biografía del lord, y me indujo a seguir leyendo sus cartas el ver que un autor inglés, Johnson, decía de Chesterfield: «Su señoría enseña a su hijo la moral de una cortesana y las maneras de un profesor de baile».

He aquí lo que a mí me conviene—me dije a mí mismo—: un poco de moral de cortesana y otro poco de maneras de maestro de baile. Esto me dará el barniz necesario para lucirme en sociedad.

Encontré luego en el gabinete de lectura las cartas del lord traducidas al francés, y las leí rápidamente.

He aquí los hallazgos que hice:

«La sociedad es un país—dice el lord a su hijo—que nadie ha conocido por medio de descripciones; cada uno de nosotros debe conocerlo en persona para ser iniciado».

Los pensamientos del lord pedagogo no llegan a la sublimidad, pero indudablemente son de buen sentido y mucha discreción. Ambas cosas yo las necesitaba.

«No hay en el mundo—dice en otro lado nuestro autor—señal más segura de un espíritu pobre y pequeño que la inatención. Todo lo que vale la pena de ser hecho merece y exige ser bien hecho, y nada puede ser bien hecho sin atención».

En otra parte dice nuestro lord: «Un joven debe ser ambicioso, y brillar, y excederse».