NUEVA DIVAGACIÓN SOBRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA
La verdad es que, por más que intenté llevar a la práctica los principios de lord Chesterfield, no conseguí gran cosa.
Nadie obra exclusivamente por principios, sino impulsado por el instinto; pocos al ejecutar razonan previamente; más bien improvisan. Además, entre la teoría y la práctica, hay un abismo. ¿Quién no lo sabe?
Nunca he comprendido la exactitud de esta vulgaridad como en el hotel de un pueblo alemán donde estuve hace días. En ese pueblo conocí a un doctor, hombre sabio e inteligente, a juzgar por su conversación.
Era un señor grueso, rechoncho, con grandes bigotes y barbas grises, armado de unos anteojos dobles, al través de los cuales se veían sus ojos azules.
El doctor comía con avidez, pero distraído. A veces me preguntaba después de comer algo:
—¿Estaba bueno esto?
—¿No lo ha comido usted?
Este señor cantaba la Naturaleza con un lirismo germánico ¡oh, Natura, qué bella eres!; pero, luego, hablaba a continuación de los miasmas, de los microbios, de los mil peligros que hay en el ambiente. El aire, el agua, las plantas, las flores, todo se hallaba infestado, según este entusiasta de la Naturaleza.