Estaba yo hace unos días sentado en el hall del hotel, que tenía una gran ventana a la calle, cuando entró el doctor. Se acercó a mí, se sentó en una butaca de mimbre, y me dijo de pronto en francés:

—¡Aj! Aquí hay moscas.

—Sí.

—¡Qué porquería!

—Sí; es un poco desagradable, ¿pero qué se va a hacer?

—La mosca es uno de los animales más perjudiciales del mundo.

El doctor habló de la mosca doméstica, de la Stomoxys, de la Anthomya, de la Sarcophaga, de la Piophila...

—¡Aj!—exclamó luego—. La mosca es el vehículo de innumerables enfermedades (citó quince o veinte). Sobre todo, esas verdes (dijo el nombre científico) son malísimas. A mí me repugnan.

Después de decir esto, el doctor se levantó, se acercó al ventanal, y con el pulgar y el índice aplastó siete u ocho moscas, y luego se pasó los dedos sonriendo por los bigotes, con gran tranquilidad.

Yo le miraba en el colmo del asombro y de la estupefacción, y él seguía sonriendo, sin comprender qué salto mortal había dado, sin notarlo, entre la teoría y la práctica.