Esto le dió que pensar. Aquéllos habían salido, indudablemente, por alguna otra parte.
Sin saber qué determinación tomar, pasó por delante de la casa de las Piscinas. La casa estaba cerrada.
Esperó a ver si por casualidad llamaba alguien y aparecía la criada; viendo que no llegaba nadie, cogió unas piedrecitas y las fué sucesivamente tirando a la ventana de la cocina. Se abrió la ventana, y una vieja, la señora Magdalena, se asomó y miró a derecha e izquierda con gana de reñir al que así se entretenía.
—Soy yo, Pedro Leguía—dijo Pello.
—¿Usted?
—Sí; dígale usted a la señorita Corito que le tengo que dar un recado de parte de su padrino.
Se retiró la vieja, y al poco rato salió Corito a la ventana.
—¿Qué me quiere usted, Pedro?—preguntó.
Leguía contó en pocas palabras lo que había oído en el figón del Calavera.
—¿Y qué ha dicho ese hombre de mi padrino?