—Horrores.

—Y ¿han pensado en hacer algo contra él?

—De eso estaban hablando.

—¿Y lo intentarán esta misma noche?

—Así lo han dado a entender.

—Entonces lo mejor es que vaya usted al parador y avise usted a mi padrino del peligro que corre. Lo hará usted, Pedro, ¿verdad?

—Ya lo creo. No tenga usted cuidado.

Pello se despidió de su novia; salió de la calle Mayor, y fué por la plaza a la puerta de San Juan. Entró en el cuarto de guardia y pidió al oficial que le abriera.

—Tenga usted cuidado—le dijo éste—. El cabo Sánchez ha dicho que hace un momento que anda por ahí fuera gente sospechosa.

Pello salió al raso de la muralla. La noche estaba obscura. Avanzó rápidamente. Un instante después se oyó un silbido. Se detuvo. Le pareció que entre los árboles andaba gente; quizá fuera una ilusión, provocada por las palabras del oficial; pero el caso fué que sintió miedo, y en vez de marchar en línea recta siguió deslizándose por la muralla hasta encontrarse cerca del parador. Entonces, abandonando el muro, cruzó de prisa y entró en el zaguán.