—Vamos a advertir en la casa que no abran si llaman. Si tú quieres, vete; pero no me parece prudente.

—No, no; yo me quedo.

Aviraneta entró en la cocina y dijo a la dueña que había gente sospechosa por allí cerca, y que no abriera si alguien llamaba.

—¡Dios mío! ¿Qué pasa?—preguntó el ama.

—Que anda una bandada de pillos por ahí merodeando.

—¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Y mi marido y mi hijo fuera! ¡Jesús!

—Bueno, bueno; vamos a echar la barra a la puerta.

La criada y la dueña bajaron al zaguán alumbrándose con el farol, y Aviraneta y Leguía sujetaron la puerta.

—¿Han cerrado ustedes balcones y ventanas?—preguntó Aviraneta a la dueña.