Aviraneta apagó la lámpara; luego abrió el balcón y se asomó a él, tendiéndose en el suelo. Leguía hizo lo mismo.
Estuvieron con el oído atento cinco minutos.
—Anda gente por allí, entre los árboles, no tiene duda—murmuró Aviraneta.
—Sí; hay cuatro o cinco, por lo menos—afirmó Pello.
—Los del figón.
—Y ¿cómo habrán salido?
—Tendrán algún agujero en la muralla.
—Eso ha dado a entender el Calavera; pero no lo creía.
—El hombre de la zamarra, ¿duerme aquí?—preguntó Aviraneta.
—Sí.