—Entonces, ¿estamos solos?
—Alguien habrá en la casa.
—No; no debe haber más que estos dos hombres que han salido, y que no sabemos quiénes son, y yo.
—Lo mejor será refugiarse en el pueblo—dijo Leguía—. Vámonos.
—Es tarde. Habrá que esperar un cuarto de hora, lo menos, a que nos abran, ahí en la obscuridad... y mientras tanto!...
—Se llama desde aquí mismo.
—No; armaríamos un escándalo.
—Pues yo me voy—dijo Pello.
—Espera un momento, por si acaso.