Uno de los asaltantes comenzó a introducir un formón por la juntura de la puerta a golpes de martillo; pero la puerta de la alcoba era de roble, de una pieza, y se notaba, además, que el pulso del que martilleaba no estaba muy seguro.
AVIRANETA PIDE AUXILIO
—Creo que vamos a poder dormir aquí—dijo Leguía, frotándose las manos.
Acababa de decir esto cuando se oyeron pasos en la alcoba próxima, y después sonaron tres o cuatro puñetazos en el tabique. Alguno lo sondeaba, sin duda, suponiendo que sería más fácil entrar por él en el cuarto, abriendo un agujero. Aviraneta, de pronto, cogió la lámpara y se acercó a mirar las paredes. Luego dejó la luz en el velador, y rápidamente tomó el fusil, salió a la ventana y disparó al aire. En aquel momento se oyó el alerta de un centinela.
El hombre de la zamarra y su gente debieron quedar sorprendidos por el disparo.
El centinela de la muralla lanzó un grito de alarma y disparó también.
Leguía le miraba a Aviraneta, asombrado. Aquel hombre parecía haber perdido de repente su sangre fría.
—Habrá que descolgarse—dijo varias veces.
Aviraneta esperó unos segundos; luego, sacando el cuerpo por la ventana, comenzó a gritar: