Varios hombres aparecieron en la sala, y al mismo tiempo sonaron dos tiros. Al instante, Aviraneta y Leguía retrocedieron a la alcoba, cerraron la puerta y sujetaron el picaporte con la cuña.
Alguno de los asaltantes debió quedar herido, porque se oyó un grito de dolor y de rabia.
—Hay más de uno—dijo la voz chillona del Caracolero.
—Y están bien armados—murmuró el Raposo.
—No importa. Son nuestros—gritó el hombre de la zamarra—; y nos la van a pagar.
El hombre de la zamarra intentó mover el picaporte; pero estaba fijo. Leguía, con la ayuda de Aviraneta, colocó la tranca en la puerta.
Los asaltantes la empujaron con el hombro; pero la puerta no se movió ni cedió lo más mínimo.
—Está admirablemente—dijo Aviraneta, y llevó la lámpara encima de la mesa de noche, y a la luz cargó el fusil y la pistola con el mismo cuidado y minuciosidad que si estuviera en una escuela de tiro. Después abrió la ventana y ató en uno de los pernios el cordón de seda.
El silencio de los de dentro alarmaba a los que intentaban entrar. De pronto se notó que la vela se les había consumido y apagado, y empezaron a encender fósforos.