Leguía la encendió en la lámpara, y de puntillas llevó ésta a la alcoba y dejó el cabo de vela sobre el velador.

—Pero, ¿no abre usted?—dijo la voz de fuera.

—Es que no encuentro las zapatillas—contestó Aviraneta—. Lo mejor será que echen la carta por debajo de la puerta.

—No, no; me han dicho que se la entregue a usted en su propia mano.

—Pues entonces será mejor que espere usted a que me vista.

Aviraneta cogió la escopeta y Leguía la pistola, y se colocaron en la entrada de la alcoba.

Al ver que no abrían, los asaltantes debieron sospechar algo.

—Hala, y no perdamos tiempo—dijo la voz del hombre de la zamarra.

ENTRAN

Un hierro penetró entre la puerta y su jamba, a martillazos; por la abertura entró el extremo de un garrote; las tablas ligeras crujieron violentamente; de repente, con un estrépito terrible, cayó el sofá, el velador y la puerta al suelo.