Transcurriría más de un cuarto de hora; volvieron a oirse pisadas en el corredor, crujido de maderas en el suelo y un murmullo quedo de voces. Aviraneta y Leguía estaban con la mayor ansiedad, con la respiración contenida. De repente, alguien se acercó a la puerta de la sala y dió un golpe. Aviraneta y Leguía se estremecieron. Luego, el golpe se repitió más fuerte:

—¡Don Eugenio! ¡Don Eugenio!—dijo una voz.

—¿Quién es?—preguntó Aviraneta, que en un momento recobró la sangre fría.

—Una carta que traen para usted.

—¿A estas horas?

—Sí; abra usted.

—¡Ya voy, ya voy!

Aviraneta, en voz baja, murmuró:

—Pello, enciende la vela.