Quedó todo tranquilo.

—Esta gente no se marcha sin intentar algo—murmuró Aviraneta.

—Creo lo mismo—dijo Pello.

Al cabo de poco tiempo Leguía notó ruido de pisadas en el balcón del comedor; luego crujió una madera, y poco después se sintieron pasos muy suaves en el suelo.

—Han abierto—dijo Aviraneta.

—Sí.

—Ya han pasado.

—¿Adónde irán?—preguntó Pello.

—Van allí, al cuarto donde yo estaba—contestó Aviraneta.

Pasó largo rato; de pronto resonó un grito, que se ahogó en seguida; luego, un rumor de lucha, y quedó todo nuevamente en silencio.