—¡Pse! Yo creo que todo el mundo muere igual—replicó Leguía, con indiferencia, mientras se ponía los pantalones.
—Veo que eres un bárbaro, Pello.
—Hay que ser filósofo. A uno también le tocará su hora, y por eso no se estremecerán las esferas.
—Esa indiferencia en un muchacho joven como tú me parece horrible. Si ahora eres así, ¿qué será cuando tengas mi edad?
—Seré una especie de Aviraneta—replicó Leguía con viveza.
—Eres un cínico, Pello.
—Y usted un intrigante y un incendiario, como ha dicho el hombre de la zamarra.
—Voy a mandar que te fusilen, Pello.
—Yo voy a hacer que le cojan a usted los jesuítas por masón.