—Eso es cosa tuya y de ella; pero, en fin, si eres buen chico, se te protegerá.
—Entonces no hay que decir más. Soy de usted en cuerpo y alma.
—Muy bien. Está hecho el pacto. Venga esa mano.
—No vaya usted ahora a convertirse en algún demonio y empezar a echar llamas de azufre, señor de Aviraneta.
—No tengas cuidado, Pello. Soy un buen diablo. Vete a despedirte de tus amigos, y ya sabes, a la tarde nos vamos.
Leguía se contempló un momento en un trozo de espejo, se caló el sombrero de copa y salió del parador.