—Eso es cosa tuya y de ella; pero, en fin, si eres buen chico, se te protegerá.

—Entonces no hay que decir más. Soy de usted en cuerpo y alma.

—Muy bien. Está hecho el pacto. Venga esa mano.

—No vaya usted ahora a convertirse en algún demonio y empezar a echar llamas de azufre, señor de Aviraneta.

—No tengas cuidado, Pello. Soy un buen diablo. Vete a despedirte de tus amigos, y ya sabes, a la tarde nos vamos.

Leguía se contempló un momento en un trozo de espejo, se caló el sombrero de copa y salió del parador.

LIBRO QUINTO
UN SOLDADO AUDAZ

I.
EL OFICIAL DE LA BOÍNA BLANCA