—¿Por...?

—Porque van a venir unos militares.

Leguía torció el gesto.

—¡Demonio! Nos van a fastidiar. Tardarán mucho?

—No, no; ahora mismo van a llegar.

SE RECONOCEN

Aviraneta, para hacer tiempo, sacó un plano del bolsillo y comenzó a estudiar el itinerario que tenían que seguir, en coche, hasta Santander. Leguía se puso a silbar, mirando el techo.

Un momento después se oyeron pisadas fuertes en la escalera, acompañadas de un murmullo de voces, y entraron cerca de veinte hombres en el comedor.

Aviraneta no levantó la cabeza del plano.

Leguía contempló indiferente a los oficiales que entraban. Eran tipos atezados, negros por el sol; de aspecto enérgico y decidido. El jefe, sobre todo, llamaba la atención por su mirada profunda y fuerte. Hombre más bien bajo que alto, fornido y macizo, tenía esos movimientos lentos y al mismo tiempo seguros del hombre del campo.