II.
HISTORIAS RETROSPECTIVAS

Rezo el Benedícite?—preguntó Aviraneta, tomando una actitud compungida, de cura.

Zurbano contestó con una blasfemia.

—Déjalas para el final—advirtió Aviraneta—; ahora estamos en la sopa.

La conversación se generalizó en seguida. Zurbano era muy ocurrente; tenía gran repertorio de anécdotas y de cosas vistas, y salpimentaba sus relatos con interjecciones riojanas y blasfemias de todas las regiones.

Al oirle se comprendía la fama terrible del guerrillero liberal. Para una persona circunspecta y religiosa, un hombre como aquél, tan exaltado, tan furibundo, tan bárbaro, que exponía la vida a cada paso, que obligaba a pagar contribuciones a los conventos y quemaba sin escrúpulo las iglesias, que hablaba blasfemando e insultando, tenía que parecer un energúmeno, un monstruo vomitado por el infierno.

ZURBANO CUENTA CÓMO CONOCIÓ A AVIRANETA

—Siempre recuerdo cómo le conocí a este hombre—dijo Zurbano, refiriéndose a Aviraneta.

—¿Cómo fué?—preguntó Mecolalde, el segundo de Zurbano, a quien las historias y anécdotas de su jefe interesaban extraordinariamente.