—¡El Empecinado!—exclamó Zurbano, que se había despedido del antiguo cabo de Carabineros y volvía a su sitio a la mesa—. He oído decir que fué siempre hombre de gran corazón y gran liberal.
—¿Era como Martín?—preguntó Mecolalde, a quien le gustaba sacar a relucir, siempre que podía, a su jefe.
—No, no.
Zurbano torció el gesto.
—Eran muy diferentes—siguió diciendo Aviraneta, mirando a Zurbano con su impasibilidad habitual—. Este Martín y aquel Martín, los dos han nacido guerreros, con el sentimiento de las sorpresas y de las emboscadas. En esto únicamente se parecen; en lo demás, muy poco. El Empecinado era como una encina de Castilla, robusta, fuerte, achaparrada; éste es como un pino alto y delgado; el Empecinado era más tosco, más pueblo; éste es... más fino, más aristócrata.
—¡Aristócrata yo!—exclamó Zurbano, sorprendido, y lanzó una blasfemia que hizo persignarse a todas las mujeres de la casa—. Sólo a ti se te ocurre decir esto.
—Sí, aristócrata. A pesar de tu rudeza aparente y de tus palabras, eres un aristócrata.
—¡Yo, que no llevo ni siquiera las insignias de mi grado!
—Por eso, porque eres aristócrata.
—¡Bah!