Soldados y gentes del pueblo se habían amontonado delante de la casa. Uno de los soldados llevaba en la cabeza un sombrero de teja, grande, y repartía bendiciones, entre las carcajadas de los demás.

Cuando los jefes aparecieron en el balcón cesó el tumulto.

—¡Viva Zurbano!—gritó un hombre del pueblo con voz furiosa, levantando un garrote blanco en el aire.

—¡Viva!—repitieron varias voces, igualmente frenéticas.

Zurbano se estremeció; parecía un caballo encabritado.

—¡Riojanos!—exclamó con voz vibrante, agarrándose con las dos manos al hierro del balcón—. ¡Viva la reina!

—¡Viva!

—¡Viva la Constitución!

—¡Viva!

—¡Viva la libertad!—gritó Aviraneta.