Zurbano y sus oficiales habían salido camino de La Bastida. Hasta un par de horas después, Aviraneta y Leguía no tuvieron la silla de postas preparada.
Montaron a la puerta del parador, y comenzaron a bajar de prisa el cerro de Laguardia.
El día, de Junio, era claro, con sol, pero fresco; algunas nieblas suaves, ligeras, iban corriendo por el aire y deshaciéndose sobre la falda obscura de los montes.
Al pasar por cerca de Samaniego se encontraron a Mecolalde, con una compañía, que iba a retaguardia. Habían detenido un landó, ocupado por una señora y un caballero, y a dos vagabundos de malas trazas que se habían escondido en un viñedo al ver a la tropa. En ellos reconoció Leguía al hombre de la zamarra y al Raposo.
—Ahí tiene usted a dos de los asaltantes de anoche—dijo Pello a Aviraneta.
—¿Son esos?
—Sí.
El hombre de la zamarra, al ver a Aviraneta volvió la cabeza rápidamente.
—¿Han cogido ustedes gente sospechosa?—preguntó Aviraneta a Mecolalde.