—A los dos vagabundos y al caballero, que los fusilen delante de esta tapia—gritó Zurbano—. A la señora llevadla al depósito.

Dos soldados abrieron el landó e intimaron a los viajeros para que bajasen. Salieron del interior un caballero y una señora. El caballero era un hombre de unos cuarenta años, delgado, esbelto, de bigote corto; la señora, una mujer morena, de poca estatura, pero de arrogante presencia.

Aviraneta se acercó disimuladamente a Zurbano.

—Martín—dijo—: una palabra.

Zurbano se inclinó desde su caballo.

—¿Qué quieres?—preguntó.

—Esta mujer ha sido mi mujer—dijo Aviraneta.

—¿Tu mujer?

—Sí. ¿No podrías dejarla en libertad?

—Lo haré por ti.