—Y por los otros, ¿puedes hacer algo?
—Nada. Dile a esa señora que se vaya. No hago la guerra ni a las mujeres ni a los niños; no soy ningún Cabrera.
Aviraneta le rogó a Pello que comunicara a aquella señora las palabras de Zurbano. Leguía se acercó a la dama y se descubrió.
—Señora—dijo—: el coronel Zurbano, como favor especial, le permite a usted marcharse libremente.
—¿A mí sola?
—A usted sola.
—¿Y mi esposo?
—Quedará prisionero.
—Pues dígale usted a ese bruto—replicó la dama, con aire orgulloso e insultante—que no me separo de mi marido.
—Pero, señora...