—Nada, nada.
Leguía se inclinó, y, acercándose a Aviraneta, le contó lo que pasaba.
—¿Es su marido?—preguntó Aviraneta, con cierto asombro.
—Sí.
Aviraneta habló nuevamente a Zurbano, y le convenció de que sería mejor interrogar a los prisioneros.
—Bueno; vamos a entrar en esta casa. Se celebrará un juicio sumarísimo.
La casa que había indicado el coronel tenía un ancho zaguán y una columna de piedra en el centro; pusieron junto a ésta una mesa; Zurbano se sentó en medio; a su derecha, Mecolalde, y a su izquierda, un capitán.
—Que entren los prisioneros—dijo Zurbano.
Rodeados de media docena de soldados y de varios oficiales entraron la señora, el caballero, el Raposo y el hombre de la zamarra.