—No; empiece usted con el otro.
EL HOMBRE DE LA ZAMARRA SE DEFIENDE
El capitán comenzó a interrogar al hombre de la zamarra; pero éste, por exceso de astucia, quiso hacerse el tonto. El capitán se picó al ver que el mendigo se le escabullía por entre los dedos, y fué acorralándole a preguntas. A veces, las contestaciones maliciosas y los subterfugios del viejo hicieron arrancar una carcajada a los oficiales.
En esto, abriéndose paso por entre los soldados, se presentó ante el tribunal un hombre con facha de labriego. Ni Aviraneta ni Leguía le reconocieron; era uno de los que habían estado la noche anterior en el parador del Vizcaíno, el compañero del asesinado por la banda del hombre de la zamarra.
—¿Quién es usted y qué quiere?—preguntó Zurbano, al verle.
—Vengo a declarar—dijo el labriego—. Ayer noche, un compañero mío, tratante en granos, y yo fuimos al parador del Vizcaíno, de Laguardia. Nos pusieron a los dos a dormir en el mismo cuarto. A media noche me desperté sobresaltado, y me encontré con cinco hombres que me ataron y me amenazaron con las navajas si daba un grito. Aquellos hombres acababan de matar en la cama a mi compañero; entre los asesinos estaban estos dos.
—¡Miente!—gritó el hombre de la zamarra—. Ese día yo no estaba en Laguardia.
—Digo la verdad—afirmó el labriego.
—¿Los reconoce usted a los dos? ¿Tiene usted la seguridad de que son ellos?—preguntó Zurbano, señalando al de la zamarra y al Raposo.
—Sí, señor; la seguridad absoluta.