—Sí, aquí hay uno—contestó Pello.

—Bueno; tráelo. También habrá por ahí una maquinilla de espíritu de vino y una botella con petróleo.

Leguía buscó, a tientas, en un vasar, y encontró las dos cosas pedidas.

Aviraneta se puso a limpiar la lámpara, la llenó de petróleo y la encendió. Después cerró las maderas del balcón; abrió un armario y sacó un bote de café y un molinillo.

—Ahora, mientras yo enciendo la estufa y hago el café—dijo Aviraneta—, di a la mujer del caserío, madama Ithurbide, yo la llamo así por ser éste el nombre del caserío, que nos prepare la cena, y de paso mira a ver si han metido el caballo en la cuadra y le han dado pienso.

—Bueno; todo se hará.

Leguía desapareció por la escalera, y Aviraneta, renqueando por el reúma, limpió la estufa, golpeando el tubo con un hierro para que saliera el hollín, la cargó con astillas y pedazos de carbón de piedra y le dió fuego con unos periódicos viejos. Después se puso a moler el café.

Unos minutos más tarde volvió Leguía.

—¿Ya tenemos fuego, maestro?—dijo.

—Sí, ya tenemos fuego. ¿Qué hay de los encargos?