—He conferenciado con madama Ithurbide. Larga negociación. Hemos llegado a este resultado: primero, sopa de coles; segundo, un par de huevos fritos con jamón; tercero, un pollo guisado; cuarto, una cola de merluza con salsa a la mayonesa, y quinto, arroz con leche. Como vino, hay uno de Beziers, bastante aceptable. Se puede alternar con sidra. No he podido conseguir más en mi negociación diplomática.
—¿Todo eso que has dicho piensas comer?—preguntó Aviraneta.
—Ya lo creo. Las emociones me desgastan mucho el organismo.
—Eres un tragón. ¿Has visto si el caballo está en la cuadra?
—Sí; está comiendo su pienso.
—Bueno; pues acaba de moler el café, que yo voy a dejar la mesa libre.
Leguía cogió el molinillo y comenzó a dar vueltas al manubrio mientras Aviraneta limpiaba la mesa con un trapo.
—Con esa levita y ese sombrero de copa, haciendo de cocinero, me resultas un tipo ridículo—dijo Aviraneta.
Realmente, Leguía estaba hecho un dandy, con su levita entallada y su redoblante en la cabeza.