—Pues usted está también un poco grotesco—dijo Leguía, mirando a Aviraneta, que, después de limpiar la mesa, estaba a gatas, delante de la estufa, con las manos negras.

—Ahí dentro, en ese armario, debe haber unas blusas viejas, que yo empleo para andar en la huerta. Mira a ver si las encuentras.

Leguía las sacó, y el maestro y el discípulo se quitaron las levitas para ponerse las blusas.

Este será el mandil masónico que usted empleará en las tenidas negras—dijo Leguía—. Cómo se conoce que estamos en casa de un venerable. ¿Qué grado tiene usted, treinta y tres o cuarenta y tres, don Eugenio?

—Bueno, bueno; esos chistes a mí no me causan impresión, Pello. Voy a lavarme las manos. Ojo con la estufa, ¿eh?

—Bueno.

Aviraneta volvió al poco rato.

—¿Marcha la estufa?

—Como una seda. El agua del café hierve. Esa madama Ithurbide es la que me está preocupando.

—Ya vendrá, hombre, ya vendrá.