Los dos amigos se sentaron, con los pies al lado de la estufa, hasta que entró madama Ithurbide con el mantel y los cubiertos.

—Madama Ithurbide, ¡salud!—gritó Leguía—. Permita usted que le abrace. ¿Todo ha salido bien?

—Todo.

—¿Las coles estarán blandas?

—Sí, sí.

—¿El pollo no se habrá desgraciado?

—No.

—A la mayonesa, ¿le ha encontrado usted el punto?

—Sí, señor.