—¡Es usted admirable, madama Ithurbide!
Se sentaron a la mesa los dos amigos e hicieron honores a la cena. Después se sirvieron el café, del que Aviraneta tomó tres tazas, y luego se dedicaron a fumar. Leguía llevó delante de la estufa un colchón y una almohada; improvisó un diván, y se tendió en él. De cuando en cuando hacía una reflexión optimista acerca de la vida.
MIENTRAS EL VIENTO GIME
—Este caserío es mío—dijo de pronto Aviraneta—; me lo dejó un pariente en unas condiciones poco comunes. Por su mandato no le puedo cobrar al inquilino más que cincuenta francos al año; pero él tiene la obligación de reservarme los cuartos de este piso y de este lado que dan al mar.
—¡Cosa rara!
—Sí; era un tipo bastante extraño mi tío.
Comenzó a llover: se oía el redoblar de las gotas de agua que azotaban los cristales de las ventanas; todas las trompetas del viento sonaban al unísono, silbando, cantando, mugiendo; alguna ventana chirriaba en el enmohecido gozne con un quejido lastimero y terminaba dando un golpazo.
A veces, el viento, rugiente, parecía que iba a arrancar la casa y a llevarla en el aire; luego volvía a su moscardoneo manso y en algunos momentos se detenía, y entonces resonaba el rumor de la lluvia y el del mar.
—¿Para cuándo reserva usted su ingenio, maestro?—dijo de pronto Leguía.
—¿Por qué dices eso?