—Porque debía usted amenizar la velada contando algo interesante.
—¿Te aburres?
—¡Pse! Un poco.
—¡Claro! ¡Estás acostumbrado a la vida del gran mundo!
—Creo que exagera usted, maestro.
—No; no exagero. ¿Has escrito a Corito?
—Sí, ayer.
—Pues si quieres y no te parece más aburrido que no hacer nada, te contaré algunos episodios de mi vida.
—Eso es lo que le estaba pidiendo a usted.
—¿No te resultará pesado?