—De ninguna manera.

—No me vengas con cortesías. Ya sabes, Pello, que te conozco. Si no te gusta el proyecto, no he dicho nada.

—Me gusta, maestro, me gusta; una historia entretenida es para mí en este momento el complemento de la cena.

—Muy bien; eso me basta.

Aviraneta cruzó el comedor y abrió una puerta que daba a un cuarto contiguo. Este cuarto estaba lleno de cajas y de trastos viejos.

—¿Qué tiene usted ahí?—preguntó Leguía.

—Ahí tengo unos cuadros que unos chapelgorris amigos míos sacaron de unas iglesias de la Rioja.

—¿Sacaron? Quiere usted decir que los robaron.

—No vamos a reñir por cuestión de verbos; pon el que te dé la gana; pero te advierto que tu tío Fermín Leguía iba con ellos.

—Mi tío Fermín ha sido siempre un hombre enemigo de las supersticiones. ¿Y valen algo esos cuadros?