—Sí; los hay muy bonitos: tablas góticas de verdadero mérito.
—¿Y qué piensa usted hacer con todo eso? ¿Venderlo?
—No. ¡Ca! No soy tan positivista. Los guardaré para cuando tenga casa.
—Y usted, enemigo de la religión, ¿se va usted a pasar la vida mirando santitos? Vamos, don Eugenio, le creía a usted un hombre de más fuerza. Creo que va usted chocheando.
—Pello, eres un beocio. No quiero enseñarte mis cuadros. Eres indigno de contemplar una tabla gótica.
—Creo que sí, completamente indigno. ¿Qué tiene usted en ese armario?
—Este es el archivo secreto. Con esto podría echar abajo muchas reputaciones falsas de honradez, de valor, de moralidad...
—¿Y qué adelantaría usted?
—Quitar la máscara a muchos tunantes.
—¡Bah! Todos los hombres tienen su zona de luz y de sombra: unos más, otros menos. Hay que tomarlos como son.