—Yo soy de Oyarzum. ¿Qué le trae a usted por aquí?

—¿Habrá posada en este pueblo?

¡Posada aquí!—exclamó el de Oyarzum, en el colmo del asombro—. Aquí no hay más que hambre.

—¿Pero se puede pasar, o no?

—Pase usted si quiere.

UN PUEBLO TRISTE

Leguía se acercó a la tapia; dejó el caballo atado a una rama, y saltó por encima de un obstáculo formado por palos y piedras. Salió a un callejón estrecho, cerrado entre dos casas por una pared de poca altura. Escaló ésta, y se encontró en una calleja en cuesta, sucia y desierta. No había un alma; sólo un campesino apareció, a medias, a la puerta de la casa; Leguía se acercó a él; pero el campesino, asustado, cerró la puerta.

Leguía llamó.

—¿Qué quiere usted?—dijeron de adentro.